Hay que remontarse a principios de los años 90, en Montfa, un pequeño pueblo del Ariège donde Benoist había reformado con amigos una granja en albergue y cocinaba platos tradicionales y caseros. Un lugar de encuentro e intercambios que puso en el camino de la autenticidad, de la buena comida y del buen beber.

En el aperitivo, una serie de kirs de la casa, una especialidad hecha de vino blanco y crema de casis originaria de Borgoña, aquí servido en botellas de Jéroboam, a voluntad. El vino era «de un amigo», del vecino departamento del Aude, fuerte y costerudo. Todavía no hablábamos de vino natural pero estaba muy vivo, como los platos de Benoist. Almuerzos y cenas interminables en buena compañía, con música, risas y amor.

«Broyer du noir» significa «rumiar los pensamientos negros»; el título lo dice todo: Mejor beber vino tinto que deprimirse. Un libro de recetas y recuerdos desbordante de excesos, sin ninguna moderación. En la cubierta, un dibujo de Siné. Se llamaba L'auberge des Traouques (pequeños agujeros) y nunca la olvidaremos.