Hasta ahora, el vino era una excepción en cuanto a la legislación, sin ninguna información hasta el punto de omitir el origen de producción y la variedad de uva. A partir de ahora, cada etiqueta de vino debe incluir la lista de ingredientes y la declaración nutricional, o bien un código QR que facilite el acceso.
Sin entrar en polémicas, es importante saber que la mayoría de los vinos industriales contienen una variedad de aditivos para modificar el sabor, la textura o la estabilidad del producto:
- Agentes de clarificación: pueden ser de origen animal, como la albúmina de huevo, la caseína o la gelatina. Alternativas minerales como la bentonita (una arcilla) también se utilizan comúnmente.
- Acidificantes: para ajustar la acidez del vino, ácidos como el tartárico, málico o láctico pueden ser añadidos.
- Taninos añadidos: para reforzar la estructura del vino.
- Virutas de madera: para imitar el envejecimiento en barrica de roble.
- Levaduras seleccionadas: para mejorar la fermentación u orientar los aromas.
- Conservantes: el dióxido de azufre (SO₂), pero también sorbato de potasio, bisulfito y metabisulfito de potasio, lisozima, ácido ascórbico o dimetildicarbonato.
- Gases: argón, nitrógeno, dióxido de carbono para el embotellado.
Para los productores de vinos naturales, esta nueva regulación es una bendición. Se esfuerzan por utilizar solo uva en sus procesos de vinificación, sin aditivos ni intervenciones químicas. La lista de ingredientes de sus botellas se resume a menudo en una sola palabra: «uva», con la mención «Sin sulfitos añadidos».
Por fin el consumidor tiene acceso a una información mínima sobre lo que hay, o no hay, en su botella. Pero paradójicamente, ahora sabemos más sobre los aditivos que sobre las variedades y el origen de la uva o la cantidad exacta de sulfitos presentes. ¡Esperamos con ganas la actualización!